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EL ESPECTÁCULO

Es interesante comprobar la certeza de la persona de teatro de lengua italiana en cuanto a la definición de su producto: espectáculo.
Los académicos italianos, extranjerizantes y extranjerófilos hasta las heces, se arrojan en brazos del francés “pièce” y del inglés “play”, con traducción italiana correspondiente en “pezzo” (trozo) y “gioco” (juego), mas inútiles a todas luces en el sentido que nos ocupa. Actualmente se han inventado estas italianizaciones de “arti performative” (artes performativas).

Excelente; estableciendo que son éstos ejercicios lingüísticos sencillamente ridículos, aclaremos que nosotros, que hacemos el teatro con el cuerpo, la mente, el alma y con la fabricación manual de todo, decimos “espectáculo”. No dudamos ni de la corrección del término ni de su claridad.

El espectáculo -la palabra lo dice bien claro- debe atraer la atención del público. Y debe mantenerla durante su desarrollo, lo que significa que ha de ser claro y que ha de ser “disfrutable”, gozoso.
Muchos son los géneros en la historia del espectáculo teatral y de los espectáculos en general. Con la tecnología desarrollada en los últimos cien años, nuevas formas y nuevos géneros se han añadido a aquellos otros pre-existentes y nunca desaparecidos.

Sin embargo son pocas las modalidades disponibles para conformar un espectáculo o para divertir: haciendo reír, haciendo llorar, amedrentando, excitando. Es evidente, por otra parte, que hay tantos géneros que hacen reír como tantos que generan emociones y otros que “horrorizan”; asimismo el concepto de excitación ofrece varias interpretaciones ya que, junto al obviamente sexual, se da la excitación derivada de los combates, del deporte, del “suspense”, de los ritmos, etc.

Hay un ingrediente, por desgracia muy en boga en el teatro desde 1900, que puede llegar a anular toda condición o modalidad de diversión: la falta de claridad. El espectáculo debe ser claro, comprensible, cristalino, perfectamente inteligible para cualquier público. Estamos profundamente convencidos de que la claridad, no sólo no resta profundidad al mensaje o a los significados -tal y como creen los siniestros factores del teatro oscuro e ininteligible-, sino que se aproxima al máximo a la verdad. Por otra parte, claridad es demostración de pericia, permitiendo ver la calidad del artista o, por el contrario, denunciando sus limitaciones. El espectáculo lúgubre e incomprensible está ocultando la incapacidad, por ejemplo, de contar una historia y de apasionar al público, persuadiéndole de que “no está a la altura de tanto arte y de que si no entiende nada, es tan sólo por su culpa”. Desgraciadamente, muchos espectadores, tras haber asistido a una de esas horrendas prestaciones, se auto-culpabilizan, en lo que podría llamarse mortificación del respetable. El resultado es siempre el mismo: el público abandona las salas de teatro y marcha en busca de diversión a otros lugares.

El espíritu teatral debe ser claro, debe estar bien hecho, ser inteligente, susceptible de ser DISFRUTADO.
El concepto de “repertorio” es hoy en día algo accesorio en el lenguaje de las personas de teatro en general. Históricamente se trata de algo sumamente relevante ya que el repertorio es el capital artístico tanto del artista individual como de la compañía y se enriquece y se aumenta con el tiempo.

Una misma comedia puede ser representada años, decenios, toda una vida artística, siendo ello tan cierto para el actor como para la formación que posee y representa la comedia.
ArscomicA es también compañía de repertorio. No es fácil en un contexto general, mundial, de necesariamente continua renovación de las propuestas artísticas.
El Polichinela de Fava se fundamenta en un repertorio en permanente crecimiento y enriquecimiento. Es el camafeo de la producción de ArscomicA; es aquella parte de la actividad de espectáculo que se inscribe en la continuidad histórica junto con el teatro de origen renacentista.